La nutrición tiene un impacto directo en nuestro rendimiento deportivo. Comer no es solo una cuestión de qué alimentos elegimos, sino también de cómo, cuándo y por qué los consumimos. En el contexto deportivo, lo que ingerimos antes, durante y después del ejercicio influye en nuestros resultados. La energía que necesitamos proviene de los macronutrientes: hidratos de carbono, proteínas y grasas. Los hidratos de carbono son la fuente de energía preferida de nuestros músculos durante la actividad física. Al consumirlos, los almacenamos en forma de glucógeno en el hígado y en los musculos. Cuando entrenamos, especialmente en actividades de resistencia como correr, nadar o montar en bici, recurrimos a esas reservas. Si están llenas, rendimos más y nos sentimos menos fatigados. Tan importante como lo que comemos es cuándo lo comemos. Antes de entrenar, necesitamos energía disponible. Un par de horas antes, podemos tomar una comida rica en carbohidratos y con algo de proteína, pero baja en grasa y fibra para evitar molestias digestivas. Justo antes de hacer ejercicio, si ha pasado mucho tiempo desde la última comida, un plátano o una tostada con miel pueden darnos ese empujón extra. La hidratación es casi lo más importante para el rendimiento deportivo. Basta con perder un 2% de nuestro peso corporal en agua para que nuestro rendimiento físico y mental se vea afectado. La nutrición no hace magia, pero no hay duda de que es una herramienta poderosa. Se trata de aprender a comer mejor, de forma consciente, equilibrada y adaptada a nuestra actividad física y a nuestro cuerpo. Cuando comemos bien, nos sentimos mejor. Entrenamos con más energía, nos recuperamos antes, nos lesionamos menos y disfrutamos más del proceso.