La resiliencia se construye a partir de la vivencia del sufrimiento emocional y nos ayuda a mantener o mejorar la estabilidad mental ante las situaciones vitales estresantes. Es algo que, a menudo, se genera de forma espontánea, pero hay estrategias que pueden ayudarnos a potenciarla y que podemos poner en práctica cuando nos encontremos en situaciones vitales difíciles. Para ser una persona resiliente hay que aprender a identificar, aceptar y gestionar las emociones. En este proceso juega un papel clave la interpretación o valoración que nosotros mismos hacemos de las situaciones que vivimos, ya que nuestra reacción emocional normalmente derivará de esta interpretación. Algunos atributos personales favorecen la resiliencia, por ejemplo, la autoestima, la capacidad para resolver problemas o la competencia social. También la favorecen los apoyos familiares y sociales con los que contamos. Además, una actitud positiva también propiciará nuestro bienestar y capacidad de superación. La clave es identificar lo que a cada uno le pueda funcionar mejor para desarrollar estrategias propias. Asumen las dificultades como oportunidades para crecer: entienden que las crisis o los momentos difíciles pueden suponer una oportunidad para implementar cambios que mejoren su proyección futura. Tienen esperanza y optimismo: por difícil que sea el momento actual, mantienen la esperanza en el futuro y se muestran optimistas. Esta visión de la vida es una herramienta poderosa para seguir adelante a pesar de los obstáculos. La resiliencia es, pues, una característica que va creciendo a lo largo de la vida, particularmente a partir de la superación de los obstáculos y dificultades que se encuentran en el camino. La superación de adversidades actúa como un andamiaje para la construcción de la resiliencia por el aprendizaje que supone para la gestión de las situaciones difíciles, así como de las propias emociones y la capacidad de adaptación al cambio.