Comparar, o compararse, es una forma de juicio moralista. Un juicio moralista, en términos de comunicación, supone una clasificación moral de nuestra propia conducta o la conducta de otra persona, basada en la premisa de que algo falla en esa conducta o que tras ella se esconde una mala intención, lo que acaba haciendo más probable una agresión verbal o física contra esa persona. Lo que desoye la comparación, lo que ignora el juicio moral, son las necesidades del ser humano que hay bajo esa conducta, la historia personal que arrastra. Es, pues, una forma de comunicación violenta.
Detrás de estas comparaciones, él niño lee un “no soy lo suficientemente bueno, los demás son mejores que yo, si no consigo lo que consiguen los demás decepcionaré a las personas que me importan”. Esto, además de doler y estresar, sienta las bases para una comunicación exigente y dura con uno mismo cuando el niño se haga mayor.
Ha aprendido que, para mejorar, debe hablarse mal, debe exigirse, debe ser duro consigo mismo.
La forma de comunicación que reciben los niños en la infancia, influye en como se hablan a sí mismos de adultos.
Estas frases son formas interiorizadas, en la adultez, de los juicios morales y las comparaciones de nuestra infancia, aquellas que recibimos de nuestros padres, de nuestros profesores, de la gente de la calle.
En algún lugar del camino aprendimos que nos somos lo suficientemente buenos, que hacemos las cosas mal, que merecemos hablarnos así.
Esto genera baja autoestima, frustración y decepción con nosotros mismos.