Compararse con los demás es, hasta cierto punto, inevitable teniendo en cuenta nuestra naturaleza social y gregaria. Vivimos en sociedad, necesitamos estar rodeados de iguales y (más o menos) integrados en un grupo social, así que es lógico y razonable que nos comparemos con los demás. No obstante, ya sabes, al fin y al cabo, no hay nadie (exactamente) igual a otro. Pero es que las comparaciones que efectuamos de forma rutinaria en nuestro día a día son muy superficiales, solo analizamos un aspecto y no el conjunto de forma que tampoco son significativas. No debemos, en ningún caso, sublimar las comparaciones, ni las que nos refuerzan ni las que nos generan (un poco) de ansiedad: no están bien planteadas casi en ningún caso, son incompletas, irrelevantes, las hacemos por inercia. Y, además, nos falta el aspecto interno de la persona, solo conocemos el nuestro pero nunca el de la persona analizada. Tal vez esa persona que gana más y trabaja menos esté menos satisfecho que nosotros… porque se compara con otro que gana todavía más y trabaja todavía menos. Todo el mundo se siente inseguro en mayor o menor medida, solo que algunos lo fingen mejor. Si salimos “perdiendo” (o “ganando”, ojo) en la comparación con el siguiente invitado del talk show de turno, con nuestro compañero de pádel o con la vecina del tercero… no les des importancia, porque no la tiene. No eres ni mejor, ni peor, eres igual… pero diferente.