La autoestima se desarrolla desde que somos pequeños y nunca para de cambiar, evolucionar, mejorar o deteriorarse.
Está en continuo movimiento y no es espontánea ni voluntaria, sino que proviene de lo que cada uno experimentamos en distintas situaciones.
Hay dos etapas fundamentales en el desarrollo de la autoestima.
La autoestima en la infancia Desde que nacemos, empezamos a desarrollar nuestro autoconcepto.
Primero observamos nuestro cuerpo, descubrimos que somos niñas o niños, que tenemos manos, piernas, brazos y una cabeza, entre otras partes.
A partir de los 5 años, aproximadamente, nos formamos una idea de lo que somos, influenciada por la forma en que nos ven y valoran los demás (padres, profesores, compañeros…).
Comprobamos que todos los individuos somos diferentes, y que la sociedad crea parámetros de aceptaciones y rechazos entre las propias personas.
Es aquí cuando el niño o la niña empiezan a debatirse entre la aceptación o el rechazo.
Nuestro concepto personal se origina en las experiencias vitales de la infancia y en el entorno familiar, pero además, nuestra autoestima se desarrolla también a partir de nuestro entorno escolar y en nuestra capacidad para los estudios, la inteligencia emocional, las amistades o las primeras relaciones sentimentales.
Tener una baja autoestima puede cambiar, puesto que el desarrollo de la autoestima es un aprendizaje y puede ser modificado a lo largo del tiempo.
En la edad adulta, la autoestima se define como el juicio positivo o negativo sobre uno mismo.
Aunque durante la adolescencia ya se ha intentado forjar una identidad firme, si durante esa etapa o durante la infancia no se han reunido todos los factores necesarios para tener una buena autoestima, en la edad adulta también es posible desarrollar las bases para adoptar una buena autoestima, que nos aporte sentimientos de valía y bienestar emocional.