Para enseñar a los alumnos a adquirir un hábito que les permita elaborar las mejores preguntas para obtener las mejores respuestas, es importante tener en cuenta que las preguntas deben ir orientadas no al control de lo que saben, sino que deben ir orientadas a aportar un crecimiento personal y significativo.
Una buena pregunta debe cumplir ciertos requisitos, como una formulación clara, información relevante, nivel de complejidad adecuado, intención positiva, fomento de desafíos y fomento de la imaginación.
Las preguntas que animan a dar razones, como ¿Por qué piensas así? o ¿Cómo justificarías que lo que acabas de decir es cierto?, pueden ser útiles.
También lo son las preguntas que animan a someter a crítica lo que se dice, como ¿Qué le dirías a un compañero que piensa diferente? o ¿Cómo sabes que esa persona está equivocada?.
Preguntas que incitan a aclarar el pensamiento, como ¿Qué significa para ti esa palabra o expresión? o ¿Qué ejemplo pondrías para entenderlo mejor?, también pueden ser efectivas.
Preguntas que animan a sacar posibles consecuencias, como Si eso fuera verdad, ¿qué podría suceder? o Si alguien hiciera eso, ¿cuáles crees tú que podrían ser las consecuencias?, pueden ser útiles.
Preguntas que animan a la corrección, como ¿Qué otra solución podría darse?, también pueden ser beneficiosas.
Además, preguntas como ¿Cómo sabes cómo aprender mejor?, ¿Qué te ayuda a recordar lo que aprendes?, ¿Acostumbras a relacionar lo que aprendes?, ¿Eres consciente mientras aprendes de lo que más te sorprende o impacta?, ¿Cómo te organizas a la hora de aprender algo? o ¿Valoras cómo aprendes? pueden ayudar a los alumnos a reflexionar sobre su propio proceso de aprendizaje.