El descanso activo consiste en la realización de actividad física de menor exigencia que la llevada a cabo normalmente, es decir, que la prevista en el plan de entrenamiento seguido para alcanzar el objetivo.
Como es obvio, requiere mucho menos esfuerzo para su puesta en práctica.
Por ejemplo, si corres 10 kilómetros cuatro veces a la semana a un ritmo de cinco minutos por kilómetro, en los días que no te toque realizar una sesión de estas características podrías salir a trotar cuatro o cinco kilómetros a un ritmo de seis minutos y medio o siete por kilómetro.
Sin embargo, el descanso activo no tiene por qué ejecutarse mediante la misma disciplina física que se realiza normalmente.
Hay otras modalidades de bajo impacto y que ayudan a relajarse sin descuidar el físico, como es el caso del yoga o el pilates.
Montar en bicicleta estática o en elíptica, que son ejercicios de bajo impacto.
Practicar yoga, pilates u otras actividades de movilidad.
Hacer calistenia, es decir, ejercicio con tu propio peso.
También podemos citar aquí el tai chi o, incluso, el senderismo en entornos naturales poco exigentes, como son aquellos sin pendientes excesivamente pronunciadas.
Incluso puedes realizar actividades acuáticas, como es el caso del aquagym.
Tampoco pierdas la ocasión de disfrutar de algunas sesiones de automasaje y de realizar estiramientos con bandas de resistencia.
Estos son buenos ejemplos de descanso activo, pero la realidad es que existen muchos otros que podrían ser válidos.
Por ejemplo, salir a jugar con tu perro o con tus hijos o, simplemente, dar un largo paseo por un parque o por la orilla de la playa.