La desconfianza es una respuesta natural que puede ayudarnos a protegernos de los peligros, pero cuando se convierte en un estado habitual en las interacciones del día a día, se vuelve un peligro para nuestro bienestar psicológico. La desconfianza no surge de la nada, suele tener raíces profundas que se desarrollan desde la infancia y se refuerzan con el tiempo. Al nacer, dependemos completamente de nuestros cuidadores para sobrevivir, si la relación con ellos es inconsistente o poco segura, desarrollamos una visión del mundo basada en la desconfianza.
Este vínculo inicial es crucial para nuestra capacidad de confiar en los demás. Nuestro cerebro filtra la información según nuestras creencias previas, si tenemos la idea de que todos intentan engañarnos, inconscientemente buscaremos pruebas que refuercen esta idea y rechazaremos aquellas que la contradigan.
La confianza se fortalece con la práctica, date la oportunidad de confiar y observa los resultados, no siempre acertaremos, pero equivocarnos nos ayuda a aprender y crecer.
Es necesario permitirse experiencias nuevas, aunque impliquen riesgos, porque solo así podremos reevaluar nuestras creencias y comprobar si son ciertas o no.
La confianza es algo recíproco, y para recibirla también debemos ofrecerla.