Para ser una persona resiliente hay que aprender a identificar, aceptar y gestionar las emociones.
En este proceso juega un papel clave la interpretación o valoración que nosotros mismos hacemos de las situaciones que vivimos, ya que nuestra reacción emocional normalmente derivará de esta interpretación.
Es importante tener claro que no son las situaciones en sí mismas las que definen las emociones, sino la valoración personal que hacemos de cada situación.
A menudo no podemos modificar las situaciones, pero sí podemos aprender a modificar la forma cómo nosotros las interpretamos, como hacen las personas resilientes.
Algunos atributos personales favorecen la resiliencia, por ejemplo, la autoestima, la capacidad para resolver problemas o la competencia social.
También la favorecen los apoyos familiares y sociales con los que contamos.
Además, una actitud positiva también propiciará nuestro bienestar y capacidad de superación.
La clave es identificar lo que a cada uno le pueda funcionar mejor para desarrollar estrategias propias.
Son conscientes de sus fortalezas, pero también de sus limitaciones: tienen un alto nivel de autoconocimiento y ello les ayuda a gestionar las emociones, principalmente en momentos complicados o dolosos.
Asumen las dificultades como oportunidades para crecer: entienden que las crisis o los momentos difíciles pueden suponer una oportunidad para implementar cambios que mejoren su proyección futura.
Tienen esperanza y optimismo: por difícil que sea el momento actual, mantienen la esperanza en el futuro y se muestran optimistas.
Esta visión de la vida es una herramienta poderosa para seguir adelante a pesar de los obstáculos.